¿Qué nos jugamos en la COP25?

Que la temperatura del planeta no suba más allá de 2 grados centígrados. Esa es la gran meta que el mundo se ha puesto. La que reunirá a líderes y científicos de 197 naciones durante 11 días de diciembre en el Parque Cerrillos de Santiago. Es la primera vez que una COP se hace en Chile y, como dice Sebastián Vicuña (director del Centro Cambio Global UC y miembro del comité asesor presidencial de COP 25), será crucial para amarrar los cabos sueltos antes de la puesta en marcha del nuevo pacto global contra el Cambio Climático.

El límite de los 2° C no es antojadizo. La temperatura promedio global ya ha aumentado 1° C desde los inicios de la Revolución Industrial (hace 180 años) y las consecuencias se están sintiendo cada vez con más fuerza. Incluso, durante la COP 25 se buscará ser más ambiciosos y que la meta sea un alza no superior a 1.5° C, recogiendo el informe que el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) presentó en 2018. Porque 0,5° C marca una diferencia abismante. Un ejemplo: el mar se elevaría 10 cm menos que si la temperatura promedio global se eleva en 2° C y aún podremos tener arrecifes de coral en los océanos cuando termine   el siglo. Como se señala en el Diálogo de Talanoa (COP 24): “Cada poco de calentamiento importa. Cada año importa. Cada elección importa”.

Pero no es fácil. Limitar el alza de la temperatura requiere disminuir drásticamente la emisión de gases efecto invernadero, porque es la única manera de que la concentración de estos gases en la atmósfera no siga elevándose.

Para que se entienda mejor: el efecto invernadero es un proceso natural. La radiación solar que atraviesa la atmósfera es absorbida por los océanos y por la superficie terrestre. El CO2 y otros gases efecto invernadero son los encargados de que el calor que emite la superficie terrestre tras absorber la radiación solar   no se escape completamente hacia el espacio. Retener parte de este calor dentro de la atmósfera es crucial para que el planeta mantenga una temperatura promedio global en torno a los 17° C, que permite la vida tal como la conocemos. Pero cuando la concentración de CO2 aumenta demasiado en la atmósfera, debido a un alza desmedida en las emisiones y a que puede tardar varios cientos de años en desaparecer naturalmente, se transforma en un tapón que retiene más calor del necesario, elevando la temperatura.

Eso es lo que ha ocurrido desde inicios de la Revolución Industrial. La concentración de gases efecto invernadero en la atmósfera ha aumentado aceleradamente, llegando a 415,26 partes por millón (ppm). ¿Qué significa eso? Que, por cada millón de gases de todo tipo presentes en la atmósfera terrestre, 415,26 son de efecto invernadero.

Una cifra récord que se alcanzó este año y que marca la urgencia con que deben tomarse las decisiones. Porque, para lograr la meta de 1.5° C, será necesario que las emisiones netas globales de CO2 hayan disminuido alrededor de 45% en 2030 (respecto de los niveles de 2010), y que sigan bajando hasta alcanzar “cero neto” o “carbono neutral” en el año 2050.

Fue en 1960, cuando el científico estadounidense Charles Keeling alertó al mundo sobre un aumento de la concentración de gases efecto invernadero en la atmósfera atribuible principalmente al uso de combustibles fósiles en las actividades humanas. Posteriormente, en la Conferencia Mundial del Clima de 1979 se reconoce al cambio climático como un problema serio y llama a todos los gobiernos a tomar medidas. Claro que esto sólo se concretó 15 años después, cuando en 1994 entra en vigencia la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC) y se crea la Conferencia de las Partes (COP) como el órgano supremo de la Convención y de la asociación de todos los países que la componen.

En estos 25 años, las reuniones de la COP han sido clave para crear conciencia en los gobiernos y en la ciudadanía, para mantener una vigilancia permanente sobre los efectos del Cambio Climático a través de investigaciones científicas cada vez más exhaustivas, para impulsar el desarrollo de tecnologías limpias y la renovación de la matriz energética, para que los países generen sus planes de mitigación y adaptación. Se ha avanzado. Pero lo que ha ocurrido es que las emisiones globales siguen en aumento.

“Ha habido COP muy exitosas y otras que han sido más complejas, por no decir fracasos. Hace 10 años todos teníamos grandes esperanzas en Copenhague (COP 15, en Dinamarca, 2009), donde se definiría el mecanismo para continuar después de que se terminara el Protocolo de Kioto, pero no se llegó a lo que se quería, sino a un documento que fue negociado por el lado por las grandes potencias. Después, restableciendo las confianzas en Cancún (2010), se trazó el camino que desembocó en el Acuerdo de París, que fue un gran éxito producto de la negociación de 195 países”, dice Sebastián Vicuña.

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