¿Qué esperar de la reunión de Santiago?

Que seamos más ambiciosos

El acuerdo de París (COP 21) de 2015 fijó la meta de los 2° C como máximo aumento en la temperatura promedio global para fines de siglo, respecto de la temperatura preindustrial. Pero el año pasado, el reporte del IPCC alertó sobre riesgos de llegar a ese umbral y planteó que sería mejor no superar los 1,5 °C.

Si la temperatura sube solo 1,5 °C, el nivel del mar se elevaría 10 cm menos en 2100 que si llegamos a los 2 °C y la probabilidad de que el océano Ártico quede libre de hielo en verano sería de una vez por siglo, en vez de una cada 10 años. Limitando el calentamiento, habría también esperanza de salvar los arrecifes de coral. Estas son sólo algunos ejemplos de la diferencia que marca los 0,5° C.

Durante la COP 24, los países dieron la ?bienvenida? al informe. Pero ahora, durante la COP 25, se vuelve a poner presión. Se les va a pedir a los países que sean más ambiciosos.

Que se logren acuerdos concretos y medibles.

Ya no hay tiempo para sólo buenas intenciones. La COP 25 es la última antes de que entre en vigencia el Acuerdo de París, que reemplaza al Protocolo de Kioto adoptado en 1997, por lo que es la instancia para negociar la forma en que cada país cumplirá con sus compromisos.

Entre los temas que deberán discutirse está el perfeccionamiento de los aspectos técnicos del Marco de Transparencia, instrumento que permitirá saber si cada nación está cumpliendo lo que prometió. También, se tratará el apoyo monetario continuo que los países en desarrollo recibirán a través del Fondo Verde del Clima y un asunto pendiente de la COP 24 (2018): el artículo 6 del Acuerdo de París, sobre los mecanismos de cooperación internacional válidos para facilitar la reducción de emisiones.

El artículo 6 del acuerdo habla de los instrumentos complementarios para lograr los compromisos, principalmente en términos de mitigación. Es comparable a lo que tenía el Protocolo de Kioto con el Mecanismo de Desarrollo Limpio, a través de los cuales países desarrollados podían financiar proyectos de mitigación en países en desarrollo y recibir, a cambio, certificados de reducción de emisiones. Por ejemplo, naciones con más recursos podrían financiar sistemas de transporte ?cero emisiones? o centrales de energías renovables en países en vías de desarrollo, y contar esa reducción de gases efecto invernadero como propia. Esto requiere diseñar un proceso transparente que registre la disminución que se transfiere de un país a otro, para que no se cuente dos veces (en el país en que se redujo y en el que pagó por hacerlo).

El compromiso de todos los países, sin importar su tamaño.

Chile es un país de ingreso medio, altamente vulnerable a los impactos del cambio climático, que tiene menos responsabilidad histórica en el aumento de emisiones de gases efecto invernadero comparado con los países que lograron parte de su desarrollo sin restringirse en la liberación de GEI. Pero, no deja de ser responsable. ?Como ciudadanos del mundo, cada uno de nosotros aporta CO2 a la atmósfera, porque lo que consumimos, lo que usamos, tiene huella. A veces no tenemos la información para tomar una decisión consciente en ese sentido, o no tenemos el interés, pero la manera en que nos movilizamos, los productos que consumimos, dónde vamos de vacaciones, son una decisión que lleva asociada una huella de carbono?, señala Sebastián Vicuña, director del Centro Cambio Global UC y miembro del comité asesor presidencial de COP 25.

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